Extranjería y delincuencia: Las palabras mágicas
Escrito por Pirizoe el Martes, 11 de Marzo del 2008 a las 8:30 am, 1,284 lecturas
Hay afirmaciones que estamos inclinados fuertemente a creer; nuestros más selectos prejuicios sólo necesitan algunos indicios para sustentarse, indicios a los que a menudo nos agarramos casi desesperadamente para poder confirmar cuanto antes nuestras sospechas y así tranquilizar nuestro espíritu.
En este proceso tendemos a eliminar la mayor parte de los matices y a simplificar una realidad que suele ser mucho más compleja. Pronunciar una de estas “fórmulas mágicas” suele aparejar la inmediata aprobación de la audiencia (por ejemplo, “nuestros gobernantes desperdician y malgastan el dinero de nuestros impuestos”). En cierta medida, esto es lo que sucede con la invocación de las (supuestas) conexiones entre “extranjería” y “delincuencia”. Digo que “en cierta medida” porque en muchos casos esto se disfraza con una cierta ideología de lo “políticamente correcto”: el miedo a vernos a nosotros mismos como “racistas”nos obliga a veces a pintar las conexiones de manera subterránea, como haría un vecino cotilla que sugiere con pelos y señales lo que “la gente dice” de una persona, afirmando que por supuesto, él no cree en esos rumores. Por eso, el mero hecho de poner juntas estas palabras (”extranjería” y “delincuencia”) en el mismo escrito ya me crea una cierta intranquilidad. Tal es el poder oculto de los nombres que su mera invocación agita ya lo profundo de nuestras vísceras.
En efecto, el miedo a lo extraño y a los extraños permitió a nuestros lejanos ancestros sobrevivir y reproducirse, de manera que nuestros cuerpos han terminado ciegamente “programados” por la evolución biológica para desarrollar ese temor. Los extremos se tocan: caprichosa como sólo pueden ser los dioses, la Madre Naturaleza nos preparó también para la “solidaridad” a través de lo que se ha dado en llamar “aptitud inclusiva“. Ahora bien, el ser humano, zoon politikon, es también un animal cultural; estas abstractas y contradictorias aptitudes humanas evolucionadas sólo tienen sentido en el contexto de seres humanos concretos, inmersos por tanto en un laberinto de símbolos, de representaciones culturales y de relaciones sociales que conforman en cierto modo nuestra realidad y nuestro entorno. Aunque la aptitud para el “altruismo” pueda explicarse remotamente en la supervivencia y propagación de los genes “egoístas”, en los homo sapiens, se proyecta simbólicamente hacia todo tipo de grupos sociales construidos al margen del parentesco biológico, aunque a veces construidos con metáforas relacionadas con el parentesco social (la “Madre Patria”, la “fraternidad cristiana”). Como han estudiado los psicólogos sociales,tenemos una tendencia -con todos sus matices- hacia una cierta solidaridad dentro de lo que consideramos nuestro grupo social, acompañada de un rechazo, y frecuentemente un cierto miedo hacia los que no pertenecen a este “grupo”.
Esta “verdad” de la experiencia humana se hace explícita a través de nuestros mitos, de las narraciones que nos contamos a nosotros mismos y que contamos a los demás y que expresan los más profundo de nuestros sueños. Nos cuenta Eliade que las civilizaciones antiguas se veían a sí mismas como un orden cósmico surgido en el “Centro del Mundo” a partir de un Caos informe. Más allá de las fronteras de este “centro” se encontraban el desierto y la noche, el caos y las potencias infernales; es el mundo de los monstruos y de los extranjeros, de las criaturas de la serpiente Apep que amenazan continuamente con destruir el orden establecido. El mito de la “invasión de los extranjeros que traen el caos” es por tanto un potente símbolo sobre el que individualmente proyectamos nuestros temores, nuestra inseguridad y nuestra ansiedad personales y sobre el que colectivamente conjuramos las contradicciones que intuimos en nuestra propia sociedad, al estilo de los viejos ritos expiatorios, que traspasaban el “pecado” o el mal rollito a la víctima propiciatoria. Comenzamos nuestra andadura con las antiquísimas invocaciones del egipcio Ipuwer: “Las tribus del desierto se están convirtiendo por doquier en egipcios […] ciertamente el desierto cubre toda la tierra, los nomos han quedado devastados y los bárbaros del exterior han venido a Egipto”.
Aún cuando las comunidades políticas sean tan amplias como los modernos Estados-nación estructurados en torno al capitalismo industrial, tendemos a construir una relación simbólica, imaginaria con nuestros “compatriotas”, haciendo que los “extranjeros” cumplan el papel de las fuerzas exteriores que amenazan con destruir el orden cósmico de nuestro centro-del-mundo particular. Por supuesto, hay muchos matices aquí, dado que en nuestra granja postindustrial algunos extranjeros son más extranjeros que otros. En cualquier caso, la propia palabra “extranjero” nos sugiere ya de algún modo el caos indefinido que se opone conceptualmente a nuestro orden. Quizás recuerden “Mucho Apu y pocas nueces”, un episodio de los Simpson, mitología moderna: un oso aparece casualmente en Springfield, generando una sensación de inseguridad en los ciudadanos; decide crearse una impresionante patrulla anti-osos que utiliza la más avanzada tecnología y supone una inversión desmesurada e inútil (dado que salvo aquel incidente aislado no hay osos en la ciudad); la consiguiente subida de los impuestos provoca indignación entre los habitantes de Springfield y finalmente el Alcalde Quimby dice que la culpa de todo la tienen los inmigrantes ilegales, aprobándose una propuesta para deportarlos a todos. Más allá del esperpento, la parodia nos hace reir porque nos vemos hasta cierto punto reflejados; ya hemos visto que no es extraña esta proyección hacia los “Otros” de nuestra indefinida sensación de inseguridad personal (el miedo a los osos) y de las contradicciones de nuestra sociedad (los impuestos generados por la patrulla anti-osos).
Este potente sesgo (”extranjero –> delincuencia”) plantea problemas tanto éticos o políticos como epistemológicos. Estos últimos requieren un análisis más detallado y nos ocuparemos de ellos en la próxima entrada. De momento, vamos a suponer que fuera cierta la conexión que un buen número de españoles -quizás la mayoría- establece entre “extranjería” y “delincuencia”; aún así, enfatizar en el discurso este vínculo en el discurso produce y reproduce todo tipo de problemas que hay que considerar:
De un lado, estos discursos casi nunca proponen soluciones concretas a los problemas sociales, contentándose con expresar, con cierto fatalismo, lo dramático de la situación, descargando un poco la ansiedad en el momento, pero multiplicando a la larga la incómoda sensación de intranquilidad que los extraños nos producen, a fuerza de decirnos a nosotros mismos lo “malos “que son. Cuando se enuncian propuestas de cambio, suelen ser utopías racistas generales y vagas, que en el fondo persiguen que los extranjeros no “estén ahí”, pero poco operativas, o bien se hacen alusiones a mayores restricciones de la legislación de extranjería, sin conocer bien ni el contenido ni los efectos de la legislación vigente. Si queremos resolver problemas concretos, tal vez debamos “operacionalizarlos” más allá del uso de “palabras mágicas” ambiguas y abstractas que sirven para conectar con nuestras vísceras más que para organizar la percepción, pero esto nos remite a esa otra parte epistemológica.
De otro lado, los efectos de la fórmula mágica son muy peligrosos. Es evidente que puede avivar el fuego de la xenofobia, provocando todo tipo de conductas discriminatorias que sitúen a las personas en una posición sistemática de desigualdad en virtud de una “generalización“, es decir, de la aplicación de un “género” o categoría social. En cualquier caso, puede aumentar la marginación de los colectivos extranjeros, incrementando las conductas “desviadas”, como una especie de profecía autocumplida. En Sociología y Criminología es muy conocida la Teoría del Etiquetaje, según la cual la categorización de una persona como “delincuente” tiende a reproducir de algún modo en ella la pauta social indeseada.
Cuando los políticos utilizan este tipo de conjuros mágicos para conseguir el favor popular, podríamos decir que están haciendo “demagogia”, en el sentido más estricto del término. De este modo, se hacen invisibles los problemas sustanciales y nuestra preocupación se canaliza hacia un mundo imaginario que representa de manera figurada el mundo real; como decía Eric Wolf en relación con la ideología “El pensamiento simbólico sustituye las contradicciones de un universo imaginario por las reales”. De momento, los políticos de los partidos parlamentarios no han querido hacer explícitas las supuestas conexiones entre “inmigración” y “delincuencia” con la crudeza con la que se manifiestan en el debate ciudadano (donde se vinculan a menudo sin tapujos), diríase que son conscientes de los peligros de estos vínculos y del importante papel que juega actualmente la migración en nuestra economía, no es plan de acabar con la gallina de los huevos de oro. En todo caso, sin llevar sus afirmaciones hasta el extremo, sí que están jugando -cada vez más- a utilizar las “palabras mágicas” al modo indirecto y relativamente sutil del vecino cotilla que antes denunciábamos. Esto puede ser incluso más peligroso: cuando el racismo combate al descubierto es más fácil detectarlo; en cambio, cuando “va de tapadillo” es capaz de introducirse por todos nuestros orificios y alcanzar nuestro flujo sanguíneo sin que nos demos cuenta.
Ya hemos hablado suficientemente del “contrato de integración”. Pero no es el único ensalmo que se ha recitado en el circo electoral al que últimamente asistimos. Un buen ejemplo de lo que estamos diciendo pueden ser las declaraciones que hace poco emitió Esperanza Aguirre. Como saben, es del mismo partido que Rajoy, pero hay que aclarar que no se trata de un problema que afecte exclusivamente al PP (aunque se está luciendo últimamente) o a los partidos políticos. Los políticos recogen -interesadamente- el discurso que antes hemos oído en la calle y la calle somos todos. No importa tanto el espectáculo de la campaña electoral como el problema que hay de fondo y que persistirá cuando se marche el circo. ¿Qué fue lo que dijo?
“[…] nada tienen que ver los inmigrantes con los delincuentes, (como digo), la mayoría de los inmigrantes vienen aquí a trabajar, pero es verdad que vienen extranjeros a delinquir porque es verdad que es muy barato delinquir en España”.
Vale, nada tienen que ver los inmigrantes con los delincuentes, pero entonces ¿a qué viene sacar el tema? Pues al parecer, estaba contestando a una pregunta sobre por qué había aumentado (supuestamente) la inseguridad ciudadana en los últimos meses en la Comunidad de Madrid. Para “salir del paso” sin plantearse con más profundidad las cosas, lo más fácil es invocar el fantasma del extranjero delincuente, que todos reconocemos inmediatamente en el fondo de nuestras vísceras, sobre todo en estos tiempos interesantes. El mensaje subterráneo -supongo que no pretendido por la Presidenta, pero el efecto es el mismo que si lo pretendiera- es el trasvase de los “pecados” de la sociedad hacia el chivo expiatorio del extranjero. Para conseguir esto sin negar la mayor de la migración, hay que establecer una simpática dicotomía entre el “inmigrante bueno”, el que trabaja (adviértase el énfasis en el papel productivo) y el “extranjero malo”, el que “viene aquí a delinquir porque es barato en España”.
Evitando entrar en la cuestión de la baratura, que tiene miga, seguramente que sea cierto que haya extranjeros que hayan venido a España “a delinquir” ¿por qué no? Una banda criminal transnacional puede enviar a alguien a nuestro país para atender estos negocios ilícitos o para realizar un “trabajito” concreto, pero ¿estos supuestos son cuantitativamente importantes para explicar el supuesto crecimiento global de la inseguridad ciudadana, la de andar por casa? No, pero así, de momento, la Presidenta consigue escapar de las preguntas, entregando a los extranjeros la patata caliente. El problema es que la reiteración de este tipo de discursos públicos va alterando poco a poco nuestra percepción: ese mafioso que “ha venido a España a delinquir” se convierte en el prototipo para percibir al extranjero que delinque (¿creen ustedes que la inmensa mayoría de los extranjeros que delinquen vinieron a España “a delinquir” y porque era barato?) y, en último término, del resto de los extranjeros, por si acaso, que aún conservamos ese temor atávico con cuya descripción comenzaba esta entrada.
Aún siendo ya conscientes del peligro que tiene remarcar las supuestas conexiones entre migración y delincuencia podríamos preguntarnos ¿estos peligros exigen una censura políticamente correcta que nos impida pensar sobre estas conexiones? ¿Se está sugiriendo en este blog que nos engañemos, que evitemos profundizar en el conocimiento sobre esta materia? ¿Será eso aún peor, porque nos llevaremos las tortas en la cara cuanto menos nos lo esperemos? Esto nos lleva de cabeza a los dilemas epistemológicos que antes mencionaba. Nunca es malo hacerse preguntas, pero siempre es mejor preguntarse si las preguntas que nos hemos hecho eran las apropiadas.
Categoria: ABC-Empresas
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Realizado el Jueves, 3 de Abril del 2008 a las 5:48 pm -
Este tema ya es viejo pero no me he resistido a leerlo para ver si había algo novedoso y no no lo hay. Usted es un manipulador como tantos otros.
Me explico, todo el mundo sabe que “emigrante NO ES sinónimo de delicuente”, todo el mundo sabe que “el porcentaje de delincuentes extranjeros sobre los nacionales es ENORME”, todo el mundo sabe “que ese enorme porcentaje de diferencia lo es, al menos, por dos motivos, primero, muchos inmigrantes que generalmente no saben hacer nada, ni siquiera en el mercado laboral negro, terminan delinquiendo siquiera sea por necesidad de sobrevivir; segundo, muchos inmigrantes, ya delincuentes en su país, acuden al nuestro porque, uno, en efecto, delinquir en es MUY BARATO y dos, nuestras cárceles son MUY CONFORTABLES.”
Ejemplo de condena por asesinato terrorista: De Juana Chaos, 25 asesinatos, 3.000 años de condena, permanencia efectiva en la cárcel: 18 AÑOS, poco más de 8 meses por vida. ¡UNA GANGA!
Ejemplo de inmigrante delincuente: Contado personalmente por una inmigrante ecuatoriana (de las que trabajan, tanto que hace años ya es española, se lo merecía) de un familiar ya delincuente en su país, hablando con sus amigos: “Veniros para aquí, estos españoles son gilipollas, van por la calle con “roles”, joyas, dinero y si te pillan, en una hora estás en la calle, tardan años en salirte el juicio, mientras tanto no te pueden expulsar y si caes en la cárcel, son de puta madre y haces amigos y aprendes un montón” (sic)
Resumo, inmigración SI, cualquier inmigración NO. inmigración controlada SI, inmigración descontrolada NO, leyes duras SI (PARA TODOS LOS DELINCUENTES), leyes blandas NO (PARA TODOS LOS DELINCUENTES).
Se lo pongo en plan infantil porque todos los manipuladores siguen la pauta del PSOE, en cuanto se quiere poner fin a este reguero de delincuencia producido por delincuentes inmigrantes (de hecho, los primeros afectados por la delincuencia de la inmigración son los inmigrantes honestos, tanto porque se sienten avergonzados de sus paisanos, como que son las primeras víctimas de sus minimafias), sale el “progre” con aquello de “Emigrante NO ES sinónimo de delincuente”. Ya lo sabemos, capullos, vosotros sois los que todavía no os habéis enterado de que YA LO SABEMOS.