La esclavitud inmobiliaria
Escrito por admin el Sábado, 2 de Junio del 2007 a las 8:11 pm, 312 lecturas
EN TERCERA PERSONA
Javier Molins
LOS jóvenes dedican el 70% de su salario para pagar una vivienda. La noticia le había llegado a través del email que le había enviado un amigo pues comprar la prensa se había convertido en un lujo inalcanzable para él (34 euros al mes) y su empresa había instalado desde hacía tiempo un diabólico mecanismo informático por el que los trabajadores sólo podían consultar páginas web relacionadas con su trabajo, lo que le impedía el acceso a las ediciones digitales de los periódicos.
El titular le pareció bastante ajustado a la realidad aunque, en su caso, ese porcentaje se elevaba al 73%, no es que él fuera un gran matemático sino que simplemente ganaba 1.000 euros al mes y destinaba a la hipoteca 730 euros. Era casi lo único redondo que había en su vida.
Se había licenciado en Administración y Dirección de Empresas (qué denominación más irónica) hacía tres años y, tras probar suerte en diversos trabajos, llevaba casi un año con un contrato indefinido en el departamento comercial de una empresa de brocas para taladros. Esa condición de indefinido, que lo único que implicaba era que su despido tenía un precio (30 días de sueldo por año trabajado), era la que le había permitido poder plantearse la compra de una vivienda.
Al final, y tras mucho meditarlo, decidió vender su libertad a una hipoteca a cincuenta años a la que debía entregar el 73% de su salario, siempre y cuando no subieran todavía más los tipos de interés. Todo subía menos su salario.
Se sentía como aquellos esclavos de los patricios romanos que ataban su vida a la de sus amos, sólo que su patrón no era Petronio, el árbitro de la elegancia, sino la hipoteca, lo menos glamuroso que uno podía imaginar. Y eso que él aún era de los afortunados mileuristas, pues tenía amigos que ni siquiera llegaban a esa cifra, aunque, claro, ellos, como ni se planteaban comprar una vivienda, llegaban mejor a final de mes.
De los mil euros que cobraba, tan sólo le quedaban 250 para pagar el agua, el gas, la luz, la comida, la ropa, los productos de aseo personal, los de limpieza de la casa, la gasolina del coche que le dejaba su padre o los gastos de escalera, por nombrar tan sólo algunas necesidades básicas.
Ni se planteaba pisar una sala de cine (6 euros por sesión), tomar unas cañas con los amigos (lo de cenar era una quimera), visitar la casa de unos familiares en otra ciudad (dormir en un hotel era impensable) o plantearse tener hijos.
Llegados a este punto, no perdían tan sólo los jóvenes, sino también las salas de cine, los bares, los restaurantes, los hoteles, los fabricantes de pañales, las guarderías, las señoras de la limpieza y un largo etcétera de damnificados por la subida de las hipotecas y el desorbitado precio de la vivienda.
Sin embargo, alguien ganaría, pensaba él. Sí, los constructores, bueno, estos decían que ellos ganaban muy poco, los que ganaban eran los promotores, los propietarios del suelo y los de las agencias inmobiliarias. Es decir, los de siempre. Ya lo decía Lampedusa en «El gatopardo», había que cambiarlo todo para que todo siguiera igual.
Los terranientes del siglo XIX se habían convertido en promotores y los proletarios y campesinos habían pasado el testigo a los jóvenes hipotecados. La diferencia residía en que antes los poderosos tenían el dinero y el conocimiento pero ahora los desfavorecidos continuaban sin tener un clavo pero sí que disponían de un fácil y rápido acceso al conocimiento. Bueno, lo mejor era no calentarse la cabeza.
Al fin y al cabo, lo que iba a pasar estaba en manos del libre mercado. Un ente que algunos consideraban más inteligente que el propio ser humano que lo había creado.
Fuente: http://www.abc.es
Categoria: ABC-Empresas
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